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lunes, 26 de agosto de 2013
Metafóricamente hablando
El cielo ha comenzado a llamarme. He vuelto a lo mismo. Incluso peor. Y el cielo sigue llamando. Y me empapo la cara con mi propia saliva. Y la pruebo y sabe a comida descompuesta. Me pinto los ojos, necesito verlos grandes y hermosos. Pero la ojeras me llegan a la comisura de la boca. Y ya no sonrio para que no se esparzan por mis mejillas. Rosadas o blancas. Ya no las veo bien. Y siguen ahí, esas enormes marcas en mi estomago. Que ya han cicatrizado, pero que siguen recordando que algunas ves yo las cause. Y tengo tanto miedo. Tanto pánico acumulado. Tanto temor sentenciado. Y mis lagrimas de sangre, y mis pupilas dilatadas, sin necesidad de droga, sin necesidad de esnifar cristal. Y miro por la ventana de mi habitación, contemplando a esos seres indefensos que pasean sin temor alguno por la aceras cubiertas de chicles que parecen estrellas, que quizás la gente tiro para decorar, porque eso es lo que deseo creer. Y esos arboles tan verdes y sin hojas, tan pequeños a mi lado, y tan grandes frente mis pies. Y que el cristal me tapa las vistas de los lados, y por eso los esnifo y olvido que alguna vez pudo estar ahí, impidiendo que yo viera mas allá de su empañado rostro.
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